martes, 5 de abril de 2011

Cuento de un niño maltratado

Estoy sentado en un banco del zócalo de mi ciudad. Acostumbro a sentarme en este lugar después de haber tomado un tentempié en el café Condesa. Me acomodo mientras enciendo un cigarrillo y me deleito con el espectáculo de ver la gente pasar. De pronto una escena llama mi atención, una madre y su hijo cruzan rápidamente a través del gentío. El semblante de ella esta lleno de Centro de Leónpreocupación, camina a toda prisa, mira su reloj y se limpia el sudor de la frente con el dorso de su mano. Apenas tendrá unos 30 años, es robusta y se le nota los estragos de la maternidad en su cuerpo. El niño apenas tendrá escasos 5 años y tiene los mismos ojos marrones de la madre, con una mano va tomado del brazo de su madre mientras que con la otra, va agarrando un barquillo de chocolate que desafía el calor abrazador del mediodía. La madre se detiene de pronto, suelta la mano del niño y toma su bolso. Lo abre. Empieza a buscar algo con desesperación, extrae un celular del bolso que poco antes sonaba tímidamente. El niño aprovecha para recuperar el aliento, se lleva el barquillo a la boca y le da unas lamidas estratégicas, alargando el placer a cada chupada y cerrando los ojos como si quisiera retener el sabor en su memoria y en su paladar.

De pronto su satisfacción se ve interrumpida, la madre acaba de colgar el celular y lo volvió a echar al bolso. Toma bruscamente del brazo a su hijo y prácticamente se lo arranca y emprende la marcha a paso veloz. El brazo del niño casi parece zafársele mientras su cuerpo se queda estático por la inercia. El barquillo cae al suelo, desparramándose sobre las baldosas y salpicando la ropa del pequeño que no alcanza a reaccionar y no atina a que cosa atender. Cuando voltea a buscar golosina encuentra un batidillo de nieve de chocolate y vainilla con galleta en el suelo. Sus ojos se inundan de lágrimas y se deja caer a la par que da un largo lamento desgarrador. La madre casi se tropieza con el jalón del peso de su hijo. El tiempo parece detenerse, todo se mueve en cámara lenta. La cara de la señora esta descompuesta, llena de ira y sus ojos centellean, el cuerpo le tiembla y suelta un grito espantoso: “¡Párate! Pinche mocoso, ¿No ves que casi me tumbas?”.

Todos los transeúntes que pasaban en ese momento escuchan ese grito, menos el niño que esta sumergido en su dolor, dolor que no alcanza a expresar con palabras y señala hacia el lugar donde cayo su barquillo. Ahora no es más que un charco de color café. La madre lo ve y explota: “Te lo acabo de comprar, pinche muchacho pendejo, ¿Crees que me regalan el dinero? ¡Ahora verás!” La mano se levanta y vuelve a caer como un rayo. El niño la ve, pero no se mueve, no lucha, en su cara se percibe una infinita tristeza que poco a poco se transforma en terror. Da un grito de desesperación: acto inútil. Justo antes que la mano de su progenitora toque su piel intenta correr. Demasiado tarde, el golpe entra de lleno en la espalda y lo cimbra de pies a cabeza, resiste pero queda paralizado. Por instinto se lleva las manos a la cabeza: otro acto inútil. La madre lo golpea sin parar y le baja las manos para golpearlo más a sus anchas hasta que poco a poco la rabia disminuye y con ella la intensidad de los manotazos. El niño grita y llora de tal forma que siento escalofríos. De pronto sus ojitos se encuentran con los míos. Me suplican, están húmedos y han perdido su brillo pueril. Su llanto se ha trasformado en un leve quejido. Su cabeza voltea y observa cielo raso del mediodía. Tal vez intenta encontrar una respuesta. Su madre en otro momento le ha hablado de Dios, y el chico en este momento parece buscarlo con la vista empañada. Tal vez se pregunta: ¿Por qué la persona que me debe proteger y querer más que a nada en el mundo me trata de esta forma? Tal vez dios no existe y por eso no contesta, pero toda una muchedumbre estaba alrededor y nadie hizo nada. Es despreciable la manera como le pegaron a ese niño, pero igual de despreciables somos todos nosotros los espectadores que lo permitimos.

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